Memoria y DDHH frente al negacionismo

3-Educación

Memoria y DDHH frente al negacionismo

Disparador para el debate: ¿De qué hablamos cuando hablamos de memoria?

Las víctimas de la historia no piden venganza, sino narración.”
— Paul Ricoeur, 2007

Como eje transversal, los Derechos Humanos y la Memoria permiten analizar continuidades y rupturas del proyecto educativo autoritario en nuestra historia de la escolarización. En ese sentido, no hablamos solo del pasado: hablamos también de cómo habitamos el presente y proyectamos el futuro.

Una educación democrática implica dejar huellas, recuperar legados, construir identidad. La memoria no es un ejercicio nostálgico ni una simple evocación: es una construcción social, dinámica, en permanente tensión entre recordar y olvidar, entre duelo y lucha.

En la memoria de lxs sobrevivientes hay procesos de olvido provocados por el trauma y silencios que emergen del temor, pero también hay recuerdos que salen a la luz en busca de verdad y justicia. La memoria se vuelve así una vía para la transformación:

El deseo de sobrevivir para contar, para que se sepa, para lograr justicia, ha sostenido en muchos sobrevivientes de crímenes masivos la necesidad de la palabra. Contar lo vivido es, para muchos, una forma de recuperar la calidad de sujeto, y esa palabra individual se transforma en denuncia colectiva, en una lucha social.”
(Historia Regional Nº 24, Sección Historia, ISP Nº 3, Villa Constitución, 2006)

Como plantea Elizabeth Jelin, la memoria nos invita a preguntarnos cómo damos sentido al pasado desde el presente. No es solo personal: se vuelve experiencia colectiva en el acto de narrar, en la palabra compartida. Lo que recordamos —y lo que decidimos no recordar— moldea nuestras prácticas, nuestras convicciones y nuestras disputas actuales.

El pasado no está cerrado. Es un campo de disputa. Sirve para legitimar modos de pensar y actuar, para identificarnos o diferenciarnos, para abrir preguntas o clausurarlas. Por eso, cuando hablamos de memoria en la educación, no hablamos de un contenido más: hablamos de un posicionamiento ético, político y pedagógico.

Reconocer a lxs sujetxs como protagonistas de la transformación implica también cuestionar los modos hegemónicos de enseñar y aprender. Lo que se oculta —las ausencias de sujetes, movimientos y procesos históricos en las políticas educativas— ha sostenido un paradigma positivista que niega derechos en torno al enseñar y al aprender, fragmenta el conocimiento, impone el disciplinamiento, convierte el saber en un fin en sí mismo y reproduce la repetición. Nos coloca como objetos portadores de contenidos, y no como sujetos productores de conocimiento.

Hoy, desde distintos sectores de poder, se impulsa el negacionismo como acción interventora en nuestras instituciones educativas, en todos los niveles y modalidades. Este discurso, que permea y legítima parte del espacio público, ataca el sentido mismo de la historia y las políticas de memoria, verdad y justicia. Relativiza o justifica los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar; niega o invisibiliza la lucha de las mujeres y diversidades por la identidad; y deslegitima la historia de lucha del movimiento obrero, negando su identidad de clase y su perspectiva de género.

En este contexto, se vuelve urgente sostener el eje de Derechos Humanos en los currículos escolares y en la formación docente, no como una efeméride aislada, sino como una praxis educativa permanente, crítica y transformadora. Porque educar en memoria es también disputar sentidos, defender derechos y afirmar una pedagogía comprometida con una sociedad más justa, democrática y solidaria.

Algunas preguntas orientadoras para el debate:

  • ¿Qué lugar debe ocupar la memoria en nuestra tarea docente?
  • ¿Cómo convivimos en la escuela con memorias en conflicto?
  • ¿Qué implica formar desde una pedagogía de la memoria y los derechos humanos?
  • ¿Cómo responder desde la educación al avance del negacionismo?

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