La reciente publicación de los resultados de las pruebas PISA parece haber sorprendido a los medios de comunicación y a los gobiernos de turno. Los resultados argentinos de PISA 2025 mostraron un retroceso en las tres áreas evaluadas: el país obtuvo 393 puntos en Ciencias, 389 en Lectura y 367 en Matemática, con caídas de 13, 12 y 11 puntos, respectivamente, frente a la edición de 2022.
Desde Ademys, venimos denunciando que este tipo de evaluaciones estandarizadas internacionales no contribuyen de ningún modo a mejorar la calidad de la enseñanza; que son usadas por los gobiernos de turno para responsabilizar a la docencia y a las escuelas en lugar de aumentar la inversión estatal en educación; no contemplan los contextos socioeconómicos ni culturales ni la diversidad de estrategias de enseñanza que se desarrollan en el ámbito educativo. Es decir, no consideramos que los resultados de las evaluaciones externas, en este caso PISA, contribuyan a modificar las políticas educativas en pos de una mejora, al contrario, suelen ser fundamento para que organismos como el FMI impongan ajustes y recortes.
Como educadores, venimos desde hace tiempo denunciando algo que estas evaluaciones parecen haber puesto en agenda: el deterioro de la educación en Argentina.
Los recortes de presupuesto educativo tanto a nivel nacional como en todas las jurisdicciones del país vienen siendo significativos año tras año. La implementación de reformas regresivas que empobrecen los aprendizajes en el nivel secundario; los cambios en los diseños curriculares; los programas de lectura que en el nivel primario hacen que los estudiantes repitan como loros en lugar de promover la comprensión lectora; la eliminación de programas tanto de Nación como de Ciudad que entreguen libros a las escuelas y/o a estudiantes; el cierre de programas como Plan de Lectura en CABA; la falta de inversión en infraestructura; entre otras políticas de ajuste que se suman a la caída de los salarios docentes hasta niveles de indigencia en algunas jurisdicciones, la sobre carga laboral y el agobio, y sobre todo, el desarrollo de políticas que han generado el incremento de la pobreza y el empeoramiento de las condiciones de vida de millones de niñeces y adolescencias y sus familias, son la explicación de las dificultades de aprendizaje. A esto hay que sumar por supuesto, que las pretendidas políticas de inclusión educativa no han sido acompañadas de partidas presupuestarias, generando por un lado el vaciamiento de la educación especial, y por el otro, la saturación de las escuelas con infinidad de situaciones graves y estudiantes con diversidad de diagnósticos y condiciones sin los recursos necesarios para su garantizar su mejor educación. A la vez, la crisis social también se ha manifestado en el incremento de casos de autolesiones, problemas de salud mental, intentos de suicidio adolescente, en un contexto en el que no sólo se han eliminado cargos en los gabinetes y departamentos de orientación escolar, sino que se han vaciado los sistemas de salud, donde es prácticamente imposible que un adolescente pueda conseguir un turno para tener terapia psicológica o atención psiquiátrica pública.
Como si no fueran responsables de esa política integral que afecta a las escuelas y al conjunto de la población, los gobiernos tanto nacional como de CABA y otras jurisdicciones se refieren a los resultados de las PISA como si pudieran desligarse de la situación económico social más general, y del ajuste brutal en educación, en todos los niveles. Sabemos que poco le importan al gobierno de Milei y tampoco al de Jorge Macri, el desarrollo científico y educativo.
Los resultados también dan cuenta de la brutal segmentación social que se expresa en el sistema educativo. Según el informe nacional, en PISA 2025 los estudiantes argentinos pertenecientes al 25% de mayor nivel socioeconómico obtuvieron entre 76 y 82 puntos más que los del 25% más desfavorecido, dependiendo de la disciplina. Es decir, que les estudiantes más pobres son los que obtienen peores resultados.
A pesar de todo, algo grato evidencian estos resultados: la alta valoración que les estudiantes tienen de sus docentes: el 78% expresó que sus profesores se interesan por el aprendizaje de todes les estudiantes, el 73% que continúan explicando hasta que entienden, el 79% que brinda ayuda extra cuando es necesaria. Los 3 indicadores superan los promedios de la OCDE. Al menos los estudiantes reconocen el esfuerzo cotidiano de sus docentes. Ojalá los gobiernos aprendieran un poquito de ellos y nos escucharan en nuestras demandas para realmente mejorar la educación.
Secretaría Pedagógica
Ademys
